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Todos somos políticos.

El pasado 22 de febrero partían desde Lorca, a las tres de la madrugada, siete autocares con destino a Madrid. Convocaba la comitiva la Plataforma de Afectados por el Terremoto, presidida por Juan Carlos Segura, para acompañar las dos actividades que se habían programado para ese día.

Una era social: protesta delante del Congreso, reparto de octavillas y pulseras solidarias, distribución de vecinos en Sol, Cibeles, etc. para hablar con los madrileños e informar del estado de nuestra ciudad…

La otra actividad era política. Ese día se enlazarían cuatro entrevistas entre la Plataforma y cuatro grupos parlamentarios. Junto a la Plataforma habría una representación de políticos lorquinos del partido con el que se mantuviera la entrevista. Representando al Congreso estuvieron: el exministro de Presidencia Jáuregui, la portavoz Soraya Rodríguez y los diputados murcianos Saura y González Veracruz por el PSOE; El diputado murciano Vicente Martínez-Pujalte por el Grupo Popular; Carlos Martínez Gorriarán por UPyD, Cayo Lara como portavoz y Ricardo Sixto como diputado encargado de los asuntos de Levante por IU-ICV-CHA y Feliu Guillaumes en representación de CiU-Grupo Catalán.

Dejando de lado la lógica ausencia de convergents en Lorca, la Plataforma estuvo apoyada por los socialistas Manuel Soler y Ramón Sánchez (concejales) y nuestro compañero de #guadalen @jahurtadolorca en calidad de secretario del PSOE lorquino; el también compañero @juanmacapa como líder de UPyD de Lorca y José García Murcia (concejal) y yo mismo, @fraggleskine (becario esclavizado), por parte de Izquierda Unida-Verdes. Por parte del Partido Popular no viajó nadie. O al menos nadie avisó que así fuera a ser, pues hubo una sorpresa: el alcalde Jódar apareció a la hora de la reunión con el Grupo Popular. Esto sentó bastante mal a los miembros de la Plataforma de Afectados, pero no es mi intención meterme en discusiones políticas.

Pero que mi intención no sea la discusión política no significa que no vaya a ser un post político. De política general. O, más bien, de lo que supone la política y lo que debería suponer.

La introducción ha sido obligada si se quiere dar a entender lo que se consiguió ese pasado miércoles, 22 de febrero. No sé si el objetivo era sacar palabras y promesas, que desde luego se consiguieron (no hay nada más fácil de pedir a un diputado que promesas y un discurso). Lo que se consiguió en el discurso era de esperar: compromiso de los partidos de la oposición de interpelar y presionar al Gobierno de Rajoy, y peticiones de calma y comprensión por parte del PP, tanto a nivel local como estatal. Pero lo importante radica en lo que se consiguió en el acto en sí mismo: que una plataforma ciudadana reunida por sí misma consiguiera a base de tesón y esfuerzo plantarse en el corazón de la política española: el Congreso de los Diputados.

Vivimos tiempos malos para la política. Y no nos engañemos: eso es malo para todos. Porque todos somos políticos. Hemos confundido la política con tener un cargo público. Para ser biólogo no se necesita trabajar en el Smithsonian: basta con licenciarse en Biología. En el caso de la política la licenciatura te la da la vida política y el grado de participación que quieras tener. Cuando envías una carta a tu concejal de deportes para que arregle una pista de baloncesto municipal, estás haciendo política. Cuando creas una Asociación de Amigos de la Colegiata de San Patricio estás haciendo política. Y desde luego eres político cuando tratas de convencer a las amistades de que tal partido es corrupto, o tal otro es la solución a nuestros problemas.

La política es la participación ciudadana en las decisiones de este país. Así que si la política no funciona lo siento, pero la culpa es nuestra. Y a todos los niveles. Tan culpable es el que vota sin leerse el programa electoral como la tropa de ministros de Educación que hemos tenido en este país que han sido incapaces de enseñar a los estudiantes ni los funcionamientos más simples de la política española.

Debemos recuperar nuestra parte en política. Nos pasamos el día hablando de política. ¿Por qué no dar un salto más allá? Llama a tus concejales, para lo bueno y para lo malo. Escribe cartas al director de tu periódico. Crea un blog. Denuncia, lee, habla, argumenta, escucha… Cuando los ciudadanos de un país están más metidos en política, mejor le va al país. El cargo público se vuelve consciente de que más gente le va a rendir cuentas y se anda con ojo. Y el gobernante ve como recibe más presión ciudadana para mejorar la calidad democrática del país.

Por eso creo que lo que viví ese 22 de febrero fue algo importante. Compartí con 360 afectados por el terremoto como puedes consiguieron ponerse, en nombre de todo Lorca, delante de exministros, diputados, portavoces y coordinadores generales. Y les hablaron de tú a tú. A la misma altura. Ahora imaginaos qué podría pasar en este país sin en vez de ser solo la Plataforma de Afectados por el Terremoto la que llegara hasta el Congreso fueran también los alumnos de la pública, o las mujeres maltratadas, o los afectados por las hipotecas, o todo aquel colectivo agraviado.

Y, a modo de conclusión, quiero recalcar otro hecho importante. Como he comentado, tres de los representantes políticos somos miembros de #guadalen. Y todos sabemos el poder de las redes sociales. Imaginaos qué se puede llegar a conseguir a través de volvernos más políticos, compartir, difundir, escuchar y debatir. Solo podemos salir ganando.

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Un año en Lorca.

Durante la tarde del once de mayo estaba eligiendo qué fotos acompañarían a mi artículo mensual cuando toda la casa tembló. Muchos vecinos pensamos lo mismo y bajamos a las obras de remodelado de las canalizaciones de gas en la calle Álamo. Pero los obreros hacían aspavientos y sonreían: ¡no hemos roto nada, lo juramos! Mi madre me llamaba en ese momento: un terremoto de 4’5. Una divertida anécdota hasta que en menos de dos horas la tierra volvió a temblar. Me levanté de la silla sintiendo la ondulación del edificio bajo mis pies. Por la terraza vi como se desplomaba la muralla del castillo y una nube cubría Lorca poco a poco. Mi reacción fue inmediata: até a los perros, cogí la cartera y el móvil, saqué a la vecina del portal de al lado y nos fuimos corriendo hacia el espacio seguro de la Plaza España junto a mi novia, que acababa de ver como se venía abajo el techo del párking mientras aparcaba.

No hacía ni un año desde que vine a vivir a Lorca. Cambié mi Barcelona natal y lo que ofrece vivir con la familia para empezar una nueva vida con mi novia, Merche, a la cual acababan de contratar en Puerto Lumbreras. Soy, pues, un inmigrante en una ciudad nueva, desconocida y que quizá sea uno de los núcleos de Murcia con más personalidad propia. Esto supone conocer una cultura, una tradición e incluso un lenguaje que solo puede enriquecer al que quiere integrarse. Pero esa personalidad marcada también dificulta la integración. O más bien la humaniza, pues en las grandes ciudades, donde más fácil es sentirse como un número, esa integración se hace casi de manera mecanizada. Aquí en Lorca me he encontrado con todo lo contrario.

Con mi notorio acento catalán y la necesidad que me crea la gastronomía autóctona de preguntar en cada comercio de qué es este guiso o qué lleva esta torta no han sido pocos los que me sometían a la rueda de prensa vecinal: “Tú no eres de aquí” “¿Y de dónde vienes?” “¿Y te has mudado aquí? Con lo mal que está la cosa… Tampoco ha sido poca la ayuda ofrecida nada más enterarse que estoy en paro, o que pagaba demasiado de alquiler: vete a tal polígono, pregunta en tal inmobiliaria, pijo… Lorca es la prueba de que vayas a donde vayas si estás dispuesto a escuchar no te faltará quién quiera hacerte su vecino. Si yo aporto en el plano, seguro que recibo algo a cambio. En ese sentido el terremoto ha sido una especie de catalizador colectivo del sentimiento de solidaridad, de apoyo, de unión. Si yo hoy me siento un lorquino más es en parte gracias a la fuerza que los vecinos hemos moldeado hasta darle la figura de ciudad unida por una causa: levantarnos y reconstruir.

Pero ese sentimiento vecinal no deja de ser la carpa bajo la cual se mueven las relaciones sociales cercanas. Dónde más he sufrido la mudanza a Lorca ha sido en el plano de las amistades. En un año son muy pocas las amistades que mi novia o yo hemos podido entablar. Ella todavía tiene a sus compañeros de trabajo, pero yo apenas tengo excusa para tomar algo con algún compañero del partido político al que pertenezco o con el único primo de mi edad que tengo en toda la Región. La nostalgia es algo que siempre acompaña al inmigrante y creo que no se debe reprimir. La nostalgia significa querer algo, y eso nunca puede ser negativo. Las redes sociales e Internet en general son una gran ayuda para mantener el contacto con mis amigos y familiares de Barcelona. El Skype y el Facebook echan humo, y Twitter, por supuesto. Twitter es la herramienta de comunicación del futuro. Va a ser un superíndice mundial como ahora lo son Google y Wikipedia. Ya ha conseguido, a decir verdad, girar el resultado en una votación del Congreso de los Diputados, otra en el Parlamento Europeo, ser la base logística del 15M e iniciar las revueltas árabes. Es una herramienta totalmente transversal: política, información gubernamental, seguimiento de prensa… Y relaciones de amistad. #guadalen es la prueba de esa transversalidad y es además, en mi caso, la continuidad natural para solucionar mi nostalgia. De usar Twitter para seguir en contacto con los amigos de Barcelona he pasado a usarlo para conocer a la gente de aquí. Así he como he llegado a este grupo de tuiteros y así es como espero conoceros pronto y que la amistad dure muchos años. Tanto, al menos, como el tiempo que nos llevará arreglar esto entre todos.

@Fraggleskine